jueves, 6 de octubre de 2011

Piromanía.

Es como rojo, naranja y amarillo a la vez. Colores cálidos que enternecen el alma y ahuyentan a la profunda y fría oscuridad. Ejerce una atracción enfermiza y ascendente sobre todo aquel que posa sus ojos sobre esos órganos de ígnea índole. No es más que la oxidación del aire caliente y el vapor de agua en forma de CO2, gases en combustión que desprenden un irreal residuo visual, que son las llamas. Es como una jarra de tequila con melocotón, un café recién hecho, un desierto sahariano en pleno Agosto.




Desde muy pequeño he sentido un tirón hacia el fuego. Mecheros y cerillas son como juguetes para mí, y horas y horas se han perdido admirando la erótica danza de los ropajes etéreos que visten las candentes ascuas, hasta que la tibia y azulada sombra se lleva su calor, enfriando el momento.




Actualmente sustituímos el fuego por meras imitaciones eléctricas que ninguna relación guardan con su agradable predecesor, son casi inhumanas. Pero, ah, el fuego...


El fuego puede admirarse, puede embelesarte, golpearte como un relámpago en lo más profundo de la retina, captar y secuestrar tu alma con sus resplandores de rubí.




Pero no puedes tocarlo.

1 comentario:

Saritísima Chapeau dijo...

Fuego y palabras... ¿Por qué no? Nunca había caído en la cuenta de por qué es la clave del mundo: No puede tocarse... Increible. Me gustas