sábado, 10 de septiembre de 2011

Maggie, despierta

Él no había deseado esto, claro que no. No hasta tal punto.

Tan sólo había intentado colarse en el gallinero para "tomar prestada" una pequeña cantidad de maíz ricamente molido. No tenía la culpa de que su estómago rugiese desesperado de hambre hora si y hora también, tras toda una mañana revoloteando de aquí para allá, sobre las verdes zarzas del campo desde el alba.

En cuanto escuchó el ruído de unos pasos, puso alas en polvorosa, e intentó salir por el extremo más cercano, donde las paredes dejaban un hueco hasta el techo lo suficientemente grande como para que él saliese. Un par de rápidos movimientos hacia arriba y...

Algo frenó su vuelo de forma brusca y dolorosa.

¡Una red!

Se revolvió como pudo, pero su pata derecha estaba totalmente enredada en la malla demoníaca que rodeaba todo el tejado del habitáculo. Tiró con fuerza, pero pudo sentir como su tobillo estaba a punto de dislocarse violentamente y paró. Además, se había enganchado también las alas y poco más podía hacer que agitarse en el sitio.

Intento otear a su alrededor, buscando algún signo de esperanza. Mas todo lo contrario. A solo unos metros, la prometedora campiña, los albaricoques pendiendo de las ramas de sus árboles, las abejas meleras zumbando entre los dientes de león, y, al fondo, un hormiguero con sus afanosas habitantes trabajando sin cesar. Un mundo entero a su disposición, un mundo entero para probar, catar, aventurar y, en definitiva, un entero mundo para vivir.

La cruda realidad estaba mucho más cercana. Una fría tanza de derivado del petróleo, irónicamente, restos de antiguos seres vivos, le rodeaba el cuerpo, sin dejarle casi respirar. A apenas unos palmos de su posición pudo vislumbrar a otro de su especie, boca arriba, también atrapado por la mortífera malla. El gorrión suspiró. Su congénere tenía las plumas traseras embadurnadas por la profusa acumulación de sus propios excrementos, sus ojos habían sido devorados con increíble saña por los insectos carroñeros, y la parte axilar del torso comenzaba a pudrirse ponzoñosamente por la dura acción del sol, emitiendo un hedor nauseabundo. Estaba muerto, obviamente.

El gorrión intentó zafarse una vez más, presa del pánico, desesperado, pero la opresión era demasiado para sus débiles fuerzas.

Poco a poco fue agotándose más y más, el hambre hacía mella en su organismo,sin prisa pero sin pausa, así como el calor del mediodía. No quería cerrar los ojos, sabía que eso era como rendirse, mas no veía otra solución.


Pero hoy ya es suficiente, Maggie, ahora toca dormir.

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