lunes, 13 de junio de 2011

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El instante transcurrido puede contabilizarse en minutos, e incluso segundos. El telón de fondo es una amalgama recosida y zurcida cuidadosamente alrededor de la suave embriagadez del alegre ambiente y la música hipnotizante, bailonga y fiestera.

Sombras alrededor, entes ajenos a la situación, como practicamente inexistentes. Cuerpos moviéndose ritmicamente, con pelucas a semajanza de matojos campestres y camisas hawaianas abrochadas hasta la mitad.

Es algo no premeditado. Es como una tormenta en pleno mes de Agosto o en el Desierto del Kalahari, como un hechizo embaucador y sin revocamiento posible. Es un hecho sobresaliente y despuntante en la banalidad de la historia que aprisiona el día a día de un banal estudiante compostelano (aliterando y tal).
Fresco como un riachuelo que cruza la frondosa floresta. Cálido cual cola cao recién sacado del microhondas a medianoche, sentando en cama y viendo alguna serie sobre las intrigas de la corte medieval en el ordenador. Es dulce como el helado de chocolate y caramelo y con un toque picante al más puro estilo del curry indio. Es corto, como la vida de una efemeróptera, pero a la vez largo, como compartir los años de una vida entera. Es bello, tanto como despertarse por la mañana y ver a la persona amada a sólo unos centímetros de distancia.

Es algo cotidiano, ocurre miles de veces en un único día en nuestro planeta, repartiéndose por todos los continentes habitados, mas cada uno es especial. único y diferenciado de la horda de los demás.
Es un símbolo, es la representación de la interioridad, cuando se tiene. Puede no tener significado alguno, puede ser distante, pero nada se le compara cuando hace gala de todo la intención y sentimiento que guarda dentro el sujeto. Más sabroso que el más suculento de los manjares, más enrriquecedor que miles de millones de billetes de verde papel, más glorioso que cualquier deidad.

Obviamente, es un beso.