miércoles, 18 de mayo de 2011

Erwing Blaine (II)

La sensación que imbuye a cualquier persona que se hunda cual gris plomada en lo más profundo del océano no es precisamente agradable, y menos cuando las aguas son ferozmente turbulentas, cargadas de una violencia fuera de lo común, transmitida por un vendabal de proporciones colosales. Un panorama desalentador y, presumiblemente, mortal a todas luces.
Al menos, la sensación que Erwing Blaine tenía no era en absoluto agradable. Las fauces de carroñeras e impías bestias marinas le esperaban en el reino de lo abisal, desesperadamente hambrientas de más y más carne, que seccionarían y destrozarían su cuerpo sumido en el dulce sueño sin fin del ahogamiento, esparciendo de forma indiscriminada sus sanguinolentas entrañas por doquier.
Lo único que el capitán pirata veía entonces eran veloces remolinos de espuma, masas de elemento líquido moviéndose de forma caótica a su alrededor y, allá a lo lejos, el casco de su navío, balanceándose peligrosamente de un lado a otro, azuzado por los vientos huracanados. De esta no pasaría. Muchas veces había esquivado a la muerte y demasiadas veces había conseguido dar esquinazo a la parca.

Por el cerebro del experimentado lobo de mar pasaron, como llega a ser típico en casos similares, imágenes de su vida. Recordó la cruenta lucha contra los indígenas de una isla perdida en las indias, rodeado de la impenetrable jungla y en compañía únicamente de su tripulación, rodeados de salvajes caníbales. Evocó sus años de contramaestre, obedeciendo y ayudando en lo posible al antiguo capitán del galeón, antes del devastador ataque del leviatán. Los largos viajes a tierras desconocidas, inexploradas y alejadas de la mano de cualquier Dios existente. Recordó viejos amores, apasionados y fugaces como el relámpago que se abate sobre el desafortunado árbol solitario, aventuras y desventuras.

Y el pirata Erwing Blaine, con los pulmones a punto de reventar de la presión, negó fuertemente. Negó que una mísera tormenta pudiese acabar con él después de todo lo que había pasado, como si fuese un simple marinero cualquiera. El era el jodido capitán. Su casa, su hogar estaba a tan solo un paso de distancia, el paso que le separaba de la costa salvadora. Haciendo acopio de las exiguas fuerzas que le quedaban, tomó impulso como pudo y salió a superficie.
El oleaje era demasiado fuerte como para mantenerse a flote, pues una enorme masa de agua lo sepultó de nuevo. Mas Blaine volvió a emerger una vez más, boqueando para cojer aliento.

Nada.

Desolación.

Tan solo agua y más agua por todos lados, en su nave sus camaradas estaban demasiado atareados arriando las velas para estabilizarla que ni se habían dado cuenta de dónde estaba su capitán. ¿Pero era este el final? ¿Tan cerca de casa? ¿Tan cerca de todo lo ansiado? ¿Debía Blaine resignarse y aceptar partir al más allá como alma en pena, aceptar que esta vez no habría salida? El mar, ¡oh, el mar! había sido su vida, había sido su amor, su propio ser. Y ahora le reclamaba esa vida.

Nunca volvería a la tierra de las montañas, donde el sol se pone entre las copas de los árboles y hace frío en invierno.















Y de repente, una soga entre sus manos.

lunes, 9 de mayo de 2011

Fotógrafo de Guerra

James Natchwey, Eddie Adams, Raymond Depardon, Robert Capa...
Son tan sólo un pequeño puñado de nombres que nos han enseñado la historia mejor de lo que cualquier resabido profesor o manoseado libro de texto podrían hacerlo jamás. A través de los objetivos de sus cámaras fotográficas hemos visto lo mismo que sus ojos vislumbraron en su día.
Destrucción, agonía y realidad.
Es mirar a la muerte a los ojos. Las balas de los serbios silban a tu alrededor como vuvuzelas enfervorecidas en el conflicto kosovar, las minas de fabricación rusa estallan por doquier, pisadas por desafortunados soldados en la Guerra de Vietnam; los tanques israelíes aplastan cualquier posible reacción palestina.


Sentir en tus propias carnes el miedo más auténtico, a la propia muerte, a la desaparición, que visita de forma indiscriminada a todo aquel que se encuentre en su campo de acción; divisar a lo lejos las explosiones como si fuesen funestos fuegos de artificio de una desquiciante fiesta en honor a la destrucción más absoluta; sufrir en las trincheras el hambre y la degradación de la salud física y mental.
No es un puto videojuego, es jugarse el pellejo en la delgada frontera que separa la defunción de la continuación de la existencia. Es la posibilidad de perder un brazo, tal vez las piernas, y peor aún, la propia cabeza. Es comulgar con los soldados en un apartado búnker en medio del desierto más estepario e abandonado, correr por una ciudad en ruinas intentado que el francotirador no descubra tu posición mientras apuntas torpemente con el objetivo de tu vieja Canon a tu alrededor, buscando una instantánea que te proporcione un billete de ida al tren de la historia, de la inmortalidad.



Nos lo jugamos todo. No es ya entrar en la disyuntiva de si puede haber algo más allá del fin, pues dejar este mundo es igual de doloroso, exista otro o no.


Eso es vida, la visión de la muerte ante nuestros ojos es lo que mejor puede hacer que nos demos cuenta del verdadero valor de nuestra vida. Y por eso y mucho más el que firma aquí se ha dado cuenta de que su sino es ser fotógrafo de guerra.