martes, 15 de marzo de 2011

Londres

La banda sonora podría describirse como una curiosa y casi decadente mescolanza entre The Smiths, Hyper on Experience y los Sex Pistols. El fondo, la alargada Oxford Street, repelta de tiendas por doquier; las descarnadas y dantescas momias del Museo Británico, abrazando la muerte en un suspiro infinito; los severos y uniformados porteros de Harrods, a semejanza de guardianes de la torre del homenaje de una fortaleza perdida; el encanto oscuramente punky y drogadiccional y, en contraposición, lumínicamente mercantil de Candem Market, la corriente del Támesis, eterna caminante sin retorno entre las vidas de miles de londinenses despreocupados.
Sírvame, si es tan amable, un consumista café del Starbucks, con poco azúcar y un muffin chocolateado, mientras alimentamos con mendrugos de pan a los impresionantes cisnes de níveas plumas algodonosas que habitan en Hyde Park.
Acompáñeme por las melancólicas melodías de tendecias kafkianas y metamórficas que ambientan las exposiciones de arte moderno en el Tate, por los aullidos antediluvianos de seres más terribles de lo que sería dado imaginar en cierto museo de historia natural y por las enigmáticas progresiones armónicas de Chinatown, rodeados de olor a gengibre, pato asado y ramen.
Y cuando se tercie, camine conmigo bajo Marble Arch o en las torcidas callejuelas de Notting Hill y Portobello, junto a tres acompañantes de simpática índole.
Haga todo esto y mucho más y podrá imaginarse lo que puede llegar a ser para un despreciable y maldito ser como un servidor vagar por Londres

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