lunes, 7 de febrero de 2011

Vida (III)

No es que tenga por inamobible y sagrada costumbre estandarizada el tirarme en medio de un campo en pleno invierno, cuando la lluvia cala hasta los huesos y el cortante frío compostelano acucia incluso dentro del más grueso abrigo de cuero. Quizás en esas épocas el abajo firmante opta inteligentemente por la seguridad y agradable temperatura de una tranquila cafetería donde poder disfrutar de un reparador capuccino con dos sobres de azúcar, leyendo a Rivas, Auster o puede que al señor Méndez Ferrín (más que adecuados autores para una tarde oscura y carente de calor) mientras fuera caen chuzos de punta sobre los descuidados transeuntes que se afanan en cubrirse con un ajado paraguas.

Pero cuando la climatología se vuelve algo más magnánima, cuando desaparece el riesgo de un buen e imprevisto chaparrón, un servidor gusta de dejarse caer sobre el verduzco césped de un parque cualquiera a dejar pasar el tiempo. Perderlo sin más, dejarlo ir como si no importara retenerlo, como si fueran infinitos los minutos de los que goza una existencia condenada a la muerte final y desagradecida.
Pocos pequeños placeres están a la altura de ver cómo las nubes dejan extravagantes e irrepetibles e incorpóreas formas en el cielo, de ver cómo simplemente pasa la vida mientras la cabeza descansa sobre la alfombra viva vegetal, de ver cómo las vidas de la gente funcionan y siguen funcionando cuando te echas a un lado. No hay más que echar un vistazo alrededor y vislumbrar cómo se rehacen existencias, se producen discusiones (inevitablemente, me producen cierta satisfacción esas revelaciones de que la vida ajena no es perfecta, de que se asemeja por dentro a la de uno mismo) y crecen experiencias, humanos caminando a su paso, silbando "la dolce vita" o simplemente siendo.

En esto se hallaba mi persona, tumbado entre un par de ancianos robles desprovistos de hojas, uno de esos escasos días de tranquila relajación y despreocupamiento, acompañado irónicamente por el Walk of life del maestro Knopfler y los acompasados acordes de Love me two times, de los Doors, e intentando discernir si el cirro de la izquierda se asemejaba más a un hombre calvo comiendo cereales o a un caballo con expresión malvadamente perniciosa cuando vi un chico que no tendría más edad que un servidor. Era un sujeto alto y desgarbado, enfermizamente delgado, como si hubiesen cojido un personaje de estatura y peso medios y lo hubiesen estirado artificialmente con algún malévolo y dañino artefacto de tortura física y luego embutido en una larga y grisácea gabardina de aspecto bohemio. Miraba su reloj de forma continuada y casi obsesiva, como esperando algo, o a alguien quizá.
Desde mi posición, pude observar como desde el otro lado de los árboles, venía una mujerzuela menuda, ataviada con un gorro que cubría su pelo negro cual azabache y unos gruesos guantes de lana. Unas gafas de pasta, de esas que tan de moda están estos días, realzaban sus grandes ojos de avellana. Avanzaba hacia la posición del chico, pero ninguno se había dando cuenta de la presencia del otro.

Y entonces, sus miradas se cruzaron, casi por casualidad. Él sonrrió de forma afable, enterneciéndose sus afilados rasgos en el proceso. Ella corrió hacia él sin pensárselo dos veces, abrazándole con fuerza en cuanto le alcanzó.
Fue un beso digno de ver. Como si no se hubiesen visto en meses, desataron todo el amor que una persona es capaz de emitir en un único instante. Un beso que nunca debería terminar. Un beso en el cual sus labios se unieron como si jamás debieran haber estado separados. Las manos de él recorriendo la cara de su acompañante con incalculable ternura. El oscuro cabello de ella enrredándose en la solapa de la ajada gabardina del hombre que tenía delante. Cuerpos entrecruzados. Miradas perdiéndose en la infinidad de los ojos ajenos. Respiraciones entrecortadas. Latidos cada vez más fuertes, lastimando al órgano cardíaco en su golpeo contra las costillas, como queriendo liberarse de esa cárcel de hueso.
Minutos, tal vez horas a su parecer, duró el beso de la pareja reecontrada. Minutos que fueron eternidades. Eternidades en las que tocar, mirar, sentir a otra criatura más importante que uno mismo.


Habitualmente, un servidor tiende a odiar de forma casi irracional y no exenta de cierta violencia a la raza humana. Somos seres totalmente despreciables, capaces de perderle el respeto al propio sentido de la vida, de comportarnos de forma dañina, vilipendiando de deletéra y ponzoñosa manera incluso a los que, en teoría, queremos, embadurnándonos de burda misantropía, de rebajarnos al nivel de las inmundas bestias antediluvianas de las cuales provenimos. Excepto meritorias rarezas, no deberíamos obtener nada más que la inevitable y cruenta muerte que a todos nos espera, cada vez más cerca. Nada más que caer en el olvido y desaparecer para jamás regresar. Eso es lo que tenemos en nuestra agenda, queramos o no. Y la mayoría nos lo merecemos. Desde el momento en que nacemos no deberíamos siquiera llegar a existir.

Y sin embargo, a veces llego a sentir sincera y verdadera pena. Pena porque sentimientos como los que se le intuían a aquella feliz pareja lleguen a desvanecerse, impedidos y desgarrados por la muerte, la parca despiadada. Es entonces cuando uno desea fervientemente desde su fuero interior que ojalá exista un Cielo, un Valhalla, o lo que Dios quiera que sea al que ir después, en donde puedan reencontrarse cuando sus cuerpos yazcan fríos y en descomposición a un par de metros bajo el suelo del camposanto.
Porque amores como el que tuve la suerte de vislumbrar aquella invernal tarde tirado en un parque cualquiera de la neblinosa compostela no deberían desaparecer. Una de las pocas flores hermosas que nacen en la putrefacta campiña que es la existencia humana no deberían marchitarse nunca.
Sería jodidamente injusto lo contrario.

2 comentarios:

8 dijo...

Excelente labor descriptiva que da muestras del alma atormentada de su autor y en la que se vislumbran dos radicales posicionamientos.

En un primer momento aparece la forma emotiva, personificada en la romántica pareja ajena, por otra parte, a tu análisis que podríamos denominar cómicamente como voyeurismo-filosófico; que finalmente adquiere al final de tu redacción un remanente de tragedia épica griega; el triste destino inevitable, la desaparición en ese afán existencialista que se manifiesta como el problema predominante, la necesidad de mantener no físicamente sino emocionalmente la realidad.

Tu concepción se basa en una pretensión ciertamente patrimonialista en cuanto a los propios sentimientos. ¿Por qué deben estos mantenerse o superar un fin predecible? ¿No han de seguir los pasos de aquellos que los generaron?

Los sentimientos son un rasgo universal, en singular agrupando todos los sentimientos sin distinciones, del ser ,por lo tanto, en esa naturaleza mezquina y dañina que consideras depauperada yace un dualismo dialéctico vigoroso que clama por expresarse y su más fastuosa impresión es el sentimiento. ¿Por qué ansiar poseer y mantener? ¿Necesitamos condenar a los sentimientos al yugo de la permanencia?
¿No es mejor que pertenezcan a un momento, a ese instante trascendente que se difumina de forma evanescente en el propio tiempo?
Acaso, y cito textualmente al propio autor, "Perderlo sin más, dejarlo ir como si no importara retenerlo, como si fueran infinitos los minutos de los que goza una existencia condenada a la muerte final y desagradecida." no es un pensamiento mucho más acorde dentro de una realidad tan volátil, confusa y especialmente etérea como la nuestra.

El sentimiento se manifiesta como gozo momentáneo, como placer trascendental y temporalmente acotado, limitado en donde una solución extraterrenal de reencuentro no es la solución ("Es entonces cuando uno desea fervientemente desde su fuero interior que ojala exista un Cielo, un Valhalla, o lo que Dios quiera que sea al que ir después, en donde puedan reencontrarse"). Esta visión teológico-simplista, una burda metempsicosis, no constituye de ninguna forma una finalidad positiva para la esperanza emotiva que haya su profunda carga en la propia existencia y por ende en la sensibilidad efímera.

8

El tio del pijama de pingüinos dijo...

A veces te odio, sabes? xD