viernes, 18 de febrero de 2011

Estetoscopio

Aurícula izquierda, ventrículo derecho. Bombeo contínuo y constante, latiendo al inacabable ritmo impuesto por la naturaleza en la condición humana. La sangre, coloreada como el elixir a catar por el más exquisito sommelier de morapios de gran reserva, fluye cual torrente de curso estival por las autopistas fibroblásticas que lo llevan a los rincones más recónditos del sacro reino corporal del individuo que encarnamos con tejidos musculares, sistema óseo y órganos vitales.
Una cadencia repetitiva e insistentemente reiterada de forma no voluntaria ni predecida. Y sin embargo no es inalterable. Incontables factores, tangibles o incorpóreos como un fantasma perdido en la neblinosa bruma del amanecer de un pueblo perdido en cualquier parte, pueden afectar a la velocidad cardíaca. Un efecto dromotrópico positivo que revoluciona el ritmo del miocardio, en un compás sincopado no esperado ni asimilado. La sangre fluye a mayor velocidad, las pulsaciones, con ejercicio físico intenso, por simple y llano ejemplo; aumentan de forma exponencial.
Hipertensión arterial. Arritmia derivada. No soportable.
La sintonía reduce el tempo. Los instrumentos atenúan su vorágine de virtuosismo, manipulados por un director de orquesta desconocido pero insistente, que a similitude de un titiritero, les hace rebajar la celeridad que mantenían con tanta alegría y ligereza entre un dantesco montón de órganos palpitantes, empapados de fluidos corporales. Poco a poco en un diminuendo de la propia rhapsodia de la existencia, se olvida de como latir, la sangre se empantana ponzoñosa y embarradamente en los conductos y la propia vida no recibe ya de su fuente de alimento.

Frío.

Silencio.

Paz.

Electrocardiograma totalmente plano.

¿Desfibrilador?


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