lunes, 21 de febrero de 2011

Erwing Blaine

Erwing Blaine no pudo evitar un suspiro de satisfacción. El galeón, empujado céleremente por el amihan de proa se acercaba a una velocidad vertiginosa a la costa, discernible ya en el brumoso horizonte del atardecer. La nave, recia y compacta, de tamaño medio, con doce cañones por banda y armada además con culebrinas y bombardas de peso, cortaba la marejada como un cuchillo atraviesa la mantequilla caliente, dejando surcos de nívea espuma tras ella. Las jarcias temblaban constantemente, con la tremenda tensión con la que sujetaban los mástiles del velero.

Desde el castillo de proa, Blaine oteó el panorama. La tripulación, cansada ya tras largas jornadas de travesía y acuciada ya por enfermedades y dolencias de todo tipo se agolpaba contra las barandillas, aún a riesgo de caer al embravecido mar, ante la visión tierra firme a sólo unas pocas leguas. Era lo que llevaban semanas esperando.
El capitán sabía lo que era esa desesperanza, esa soledad que te atenaza como las pinzas de un cangrejo ermitaño atenazan a los gobios antes de devorarlos sin la más mínima piedad. Blaine, pese a su juventud, pues rondaba apenas la treintena de primaveras, sabía de sobra lo que era pasar largas semanas en alta mar, a merced de los dioses de los elementos, rogando para que sus almas no acabasen criando algas verduzcas en las abisales profundidades del reino de Poseidón y entendía sin problemas a sus muchachos. También él había sentido taciturno la rugosa opresión de la noche, intentando concebir futilmente el sueño en el catre de paja de su camarote, con la seguridad de que millones y millones de litros del líquido elemento por excelencia le rodeaban, de forma casi amenazadora. También él había sentido esa soledad atenzante en la nuca, desesperante, como un punzón de frío hielo penetrando en la médula cervical.
Y por fin, minados en fuerzas y espíritu por el hambre y el escorbuto, sus marineros jaleaban sonoramente de pura y rimbombante alegría ante la posibilidad de zafarse de una vez, aunque sólo fuera por un momento eventual y efímero, de la temida y mortal soledad que brindaba el Océano Pacífico.

Pero Blaine frunció el ceño mientras caminaba por cubierta, zarandeado violentamente por una súbita ráfaga de viento. Pese a la cercanía de tierra, esperanzadora sin duda, las condiciones metereológicas estaban tomando todo el cáriz de una alarmante tormenta monzónica que podría desembocar en un sinúmero de desdichas para cualquier barco que intentase atracar en la playa costera.
De hecho, en tan sólo el transcurso de media hora, las nubes se habían arremolinado en el cielo, procelosamente amontonadas, esperando el momento para descargar su mayor ataque de furibunda maldad, y el ventarrón se había convertido ya en un auténtico ciclón de peligrosas y atemorizantes proporciones.
- ¡Capitan, el temporal se ha vuelto muy violento! - Advirtió a voz en grito uno de los marineros.
- Cierre la boca y trabaje. ¡Todos a sus puestos! -Gruñó Blaine.

Aquella era su tierra. Llevaba semanas, meses, esperando para llegar allí y un vendaval no iba a detenerlo.
Los tripulantes se afanaron en sujetar los cabos y arriar las velas en la medida de lo posible, mientras el palo mallor gemía angustiosamente, como aquejado de unha molesta dolencia.

El navío se inclinó en un ángulo extraño para después enderazarse a duras penas cuando una ola de varios metros le golpeó de costado.
- ¡Vamos a naufrar!
- No, siga adelante. Despliegue de nuevo la mayor y acerquémonos a la costa de una maldita vez. - Blasfemó el capitán. - Vamos a alcanzar esa playa sea como sea, perros bastardos. ¡Avante a toda vela, bellacos!

Ansiaba que sus empapadas botas pisaran algo más que duras y frías tablas de madera envejecida. Deseaba más que nunca volver a la sensación de antaño, de pasar una larga temporada en la tierra de las montañas, en donde había vivido siendo aún un niño pequeño que no levantaba dos palmos del suelo. Lo necesitaba. Y estaba decidido a llegar a la costa del modo que fuera.
Sólo un poco más, pensó Blaine, solo unos instantes y lo habrían conseguido, el barco encallaría en la playa y podrán refugiarse en las selvas cercanas. Por fin. Una lágrima de pura alegría le recorrió el rostro. ¿Era eso la felicidad que durante tanto tiempo y tan obsesionadamente había buscado sin éxito?

Eso fue lo que pensaba Erwing Blaine cuando la inesperada ola se lo llevó por delante.

viernes, 18 de febrero de 2011

Estetoscopio

Aurícula izquierda, ventrículo derecho. Bombeo contínuo y constante, latiendo al inacabable ritmo impuesto por la naturaleza en la condición humana. La sangre, coloreada como el elixir a catar por el más exquisito sommelier de morapios de gran reserva, fluye cual torrente de curso estival por las autopistas fibroblásticas que lo llevan a los rincones más recónditos del sacro reino corporal del individuo que encarnamos con tejidos musculares, sistema óseo y órganos vitales.
Una cadencia repetitiva e insistentemente reiterada de forma no voluntaria ni predecida. Y sin embargo no es inalterable. Incontables factores, tangibles o incorpóreos como un fantasma perdido en la neblinosa bruma del amanecer de un pueblo perdido en cualquier parte, pueden afectar a la velocidad cardíaca. Un efecto dromotrópico positivo que revoluciona el ritmo del miocardio, en un compás sincopado no esperado ni asimilado. La sangre fluye a mayor velocidad, las pulsaciones, con ejercicio físico intenso, por simple y llano ejemplo; aumentan de forma exponencial.
Hipertensión arterial. Arritmia derivada. No soportable.
La sintonía reduce el tempo. Los instrumentos atenúan su vorágine de virtuosismo, manipulados por un director de orquesta desconocido pero insistente, que a similitude de un titiritero, les hace rebajar la celeridad que mantenían con tanta alegría y ligereza entre un dantesco montón de órganos palpitantes, empapados de fluidos corporales. Poco a poco en un diminuendo de la propia rhapsodia de la existencia, se olvida de como latir, la sangre se empantana ponzoñosa y embarradamente en los conductos y la propia vida no recibe ya de su fuente de alimento.

Frío.

Silencio.

Paz.

Electrocardiograma totalmente plano.

¿Desfibrilador?


lunes, 7 de febrero de 2011

Vida (III)

No es que tenga por inamobible y sagrada costumbre estandarizada el tirarme en medio de un campo en pleno invierno, cuando la lluvia cala hasta los huesos y el cortante frío compostelano acucia incluso dentro del más grueso abrigo de cuero. Quizás en esas épocas el abajo firmante opta inteligentemente por la seguridad y agradable temperatura de una tranquila cafetería donde poder disfrutar de un reparador capuccino con dos sobres de azúcar, leyendo a Rivas, Auster o puede que al señor Méndez Ferrín (más que adecuados autores para una tarde oscura y carente de calor) mientras fuera caen chuzos de punta sobre los descuidados transeuntes que se afanan en cubrirse con un ajado paraguas.

Pero cuando la climatología se vuelve algo más magnánima, cuando desaparece el riesgo de un buen e imprevisto chaparrón, un servidor gusta de dejarse caer sobre el verduzco césped de un parque cualquiera a dejar pasar el tiempo. Perderlo sin más, dejarlo ir como si no importara retenerlo, como si fueran infinitos los minutos de los que goza una existencia condenada a la muerte final y desagradecida.
Pocos pequeños placeres están a la altura de ver cómo las nubes dejan extravagantes e irrepetibles e incorpóreas formas en el cielo, de ver cómo simplemente pasa la vida mientras la cabeza descansa sobre la alfombra viva vegetal, de ver cómo las vidas de la gente funcionan y siguen funcionando cuando te echas a un lado. No hay más que echar un vistazo alrededor y vislumbrar cómo se rehacen existencias, se producen discusiones (inevitablemente, me producen cierta satisfacción esas revelaciones de que la vida ajena no es perfecta, de que se asemeja por dentro a la de uno mismo) y crecen experiencias, humanos caminando a su paso, silbando "la dolce vita" o simplemente siendo.

En esto se hallaba mi persona, tumbado entre un par de ancianos robles desprovistos de hojas, uno de esos escasos días de tranquila relajación y despreocupamiento, acompañado irónicamente por el Walk of life del maestro Knopfler y los acompasados acordes de Love me two times, de los Doors, e intentando discernir si el cirro de la izquierda se asemejaba más a un hombre calvo comiendo cereales o a un caballo con expresión malvadamente perniciosa cuando vi un chico que no tendría más edad que un servidor. Era un sujeto alto y desgarbado, enfermizamente delgado, como si hubiesen cojido un personaje de estatura y peso medios y lo hubiesen estirado artificialmente con algún malévolo y dañino artefacto de tortura física y luego embutido en una larga y grisácea gabardina de aspecto bohemio. Miraba su reloj de forma continuada y casi obsesiva, como esperando algo, o a alguien quizá.
Desde mi posición, pude observar como desde el otro lado de los árboles, venía una mujerzuela menuda, ataviada con un gorro que cubría su pelo negro cual azabache y unos gruesos guantes de lana. Unas gafas de pasta, de esas que tan de moda están estos días, realzaban sus grandes ojos de avellana. Avanzaba hacia la posición del chico, pero ninguno se había dando cuenta de la presencia del otro.

Y entonces, sus miradas se cruzaron, casi por casualidad. Él sonrrió de forma afable, enterneciéndose sus afilados rasgos en el proceso. Ella corrió hacia él sin pensárselo dos veces, abrazándole con fuerza en cuanto le alcanzó.
Fue un beso digno de ver. Como si no se hubiesen visto en meses, desataron todo el amor que una persona es capaz de emitir en un único instante. Un beso que nunca debería terminar. Un beso en el cual sus labios se unieron como si jamás debieran haber estado separados. Las manos de él recorriendo la cara de su acompañante con incalculable ternura. El oscuro cabello de ella enrredándose en la solapa de la ajada gabardina del hombre que tenía delante. Cuerpos entrecruzados. Miradas perdiéndose en la infinidad de los ojos ajenos. Respiraciones entrecortadas. Latidos cada vez más fuertes, lastimando al órgano cardíaco en su golpeo contra las costillas, como queriendo liberarse de esa cárcel de hueso.
Minutos, tal vez horas a su parecer, duró el beso de la pareja reecontrada. Minutos que fueron eternidades. Eternidades en las que tocar, mirar, sentir a otra criatura más importante que uno mismo.


Habitualmente, un servidor tiende a odiar de forma casi irracional y no exenta de cierta violencia a la raza humana. Somos seres totalmente despreciables, capaces de perderle el respeto al propio sentido de la vida, de comportarnos de forma dañina, vilipendiando de deletéra y ponzoñosa manera incluso a los que, en teoría, queremos, embadurnándonos de burda misantropía, de rebajarnos al nivel de las inmundas bestias antediluvianas de las cuales provenimos. Excepto meritorias rarezas, no deberíamos obtener nada más que la inevitable y cruenta muerte que a todos nos espera, cada vez más cerca. Nada más que caer en el olvido y desaparecer para jamás regresar. Eso es lo que tenemos en nuestra agenda, queramos o no. Y la mayoría nos lo merecemos. Desde el momento en que nacemos no deberíamos siquiera llegar a existir.

Y sin embargo, a veces llego a sentir sincera y verdadera pena. Pena porque sentimientos como los que se le intuían a aquella feliz pareja lleguen a desvanecerse, impedidos y desgarrados por la muerte, la parca despiadada. Es entonces cuando uno desea fervientemente desde su fuero interior que ojalá exista un Cielo, un Valhalla, o lo que Dios quiera que sea al que ir después, en donde puedan reencontrarse cuando sus cuerpos yazcan fríos y en descomposición a un par de metros bajo el suelo del camposanto.
Porque amores como el que tuve la suerte de vislumbrar aquella invernal tarde tirado en un parque cualquiera de la neblinosa compostela no deberían desaparecer. Una de las pocas flores hermosas que nacen en la putrefacta campiña que es la existencia humana no deberían marchitarse nunca.
Sería jodidamente injusto lo contrario.