domingo, 2 de enero de 2011

Año nuevo


Son sólo instantes, fugaces y efímeras inspiraciones lo que cuenta el paso de los días. Naufragios en el mar del tiempo, cual navegante de barco corsario o bucanero que, cuando su carabela se va a pique por la tormenta envía un desesperado mensaje en una botella, como ya hicieron The Police allá por el lejano 1979, con un SOS hacia el mundo, para que le encuentren en la isla desierta en la que queda confinada su alma, a dieta de ron y rojizos cangrejos de litoral.

Y así, queramos o no, llegamos al fin de un año, de otro más. Un día tras otro, hasta alcanzar la cifra de 365 giros completos de la tierra sobre si misma, unos 525600 minutos. Un considerable y a la vez rápidamente transitorio espacio temporal.

Por un día no voy a quejarme, no voy a despotricar en contra de nada ni a vilipendiar seres y acontecimientos. Quizás porque todo este tiempo ha estado compuesto única y exclusivamente por diminutos fragmentos de experiencias. Hechos. Recuerdos. Los recuerdos es lo único que nos queda una vez pasado todo, una vez terminado este lapso temporal anual. Y mucho mejor quedarse con los agradables. No significa eso que no existan algunos recuerdos malos, que siempre los hay, desesperanzadores, de esos que atenazan el alma como una tortura de garrote vil atenaza las vértebras cervicales hasta la final muerte del individuo, pero lo que es totalmente cierto, parasafreando a Jaco Van Dormael en uno de sus filmes, es que todo podría haber sido otra cosa y hubiese tenido el mismo sentido. Simplemente son hechos trascurridos de los que se puede, y debe, aprender. Además, ciertamente, los recuerdos felices superan siempre a los que no lo son. Amigos con los que es agradable poder contar y que valen la pena en demasía; una carrera a la que a veces incluso se le ve el sentido, a veces, claro; momentos épicos (sean en un concierto, un mero partido de fútbol o incluso un all the week), ... estúpidas sensiblerías en las que no entraré.

Ahora, queda en la línea del horizonte un nuevo año, un nuevo camino, una nueva isla sin explorar en el mar de la historia propia, de la vida de uno, una nueva ciudad llena de callejones en los que pasear y terrazas en las que tranquilamente tomar un chocolate con leche al honor de la propia existencia.

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