domingo, 16 de octubre de 2011

Pues así que, de tal que, como iba diciendo... http://chopsueyistoxic.blogspot.com/2011/09/flores-en-el-suelo.html

jueves, 13 de octubre de 2011

Maggie, paciencia, la siesta es larga.

Que un ángel y un demonio etéreos y casi inexistentes susurren en tu oreja contradictorios mensajes de opuesta índole no es especialmente agradable.
Menos aún cuando ninguna de las confabulaciones deja de rondarte la mente aún cuando los dos seres no se aparecen. Y menos aún que lo menos aún (si se me permite esa barbaridad léxica) cuando de esa decisión depende uno de los aspectos más importantes de tu vida.
Y con todo esto, no faltan ganas de mandar un poco a tomar por bien se sabe dónde a esos hijosputa del ángel y el demonio, por cabrones, por enfermizos y por liantes, principalmente. Que ya se podían estar calladitos, con la blanca boca tapada y las manos de diablo bien metidas entre los calzones y sus genitales.
Dejad mi mente en paz. Es que me cago en la puta.

viernes, 7 de octubre de 2011

Maggie, para esto mejor quédate dormida.

Pues el gorrión murió. El maldito y pequeño alado perdió su triste vida enredado entre los hilos de jodida perdición que le atenazaban con inexorable decisión.
Un principio que se las prometía placentero y deleitable, el conseguir el rico maíz, se había convertido en una vil tortura.
Ya jamás podría volver a levantar el vuelo sobre los melocotoneros del campo vecino, ni podría piar y emitir su canto en las cuadras, compitiendo con los pinzones. ¿Y las hembras? Ni un triste hijo, su sangre desaparecerá de este mundo para siempre, ninguna descendencia heredará su ADN, sus cromosomas, su línea de existencia.
Todo se reduce al abandono, al deseo de algo que no se puede poseer, a la resignación ante la podredumbre de tus propias plumas, devoradas por fétidos insectos carroñeros mientrás aún respiras poco a poco, con las tripas retorciéndose dolorosamente sobre si mismas ante la total falta de alimento.
Es la nada más tremendista y absoluta.
De ella no puedes librarte, no puedes cortar las ataduras.

Y así murió el jodido gorrión, sin que nada ni nadie lo evitase.

Maggie, duerme ahora , consigue volar en tus sueños.

jueves, 6 de octubre de 2011

Piromanía.

Es como rojo, naranja y amarillo a la vez. Colores cálidos que enternecen el alma y ahuyentan a la profunda y fría oscuridad. Ejerce una atracción enfermiza y ascendente sobre todo aquel que posa sus ojos sobre esos órganos de ígnea índole. No es más que la oxidación del aire caliente y el vapor de agua en forma de CO2, gases en combustión que desprenden un irreal residuo visual, que son las llamas. Es como una jarra de tequila con melocotón, un café recién hecho, un desierto sahariano en pleno Agosto.




Desde muy pequeño he sentido un tirón hacia el fuego. Mecheros y cerillas son como juguetes para mí, y horas y horas se han perdido admirando la erótica danza de los ropajes etéreos que visten las candentes ascuas, hasta que la tibia y azulada sombra se lleva su calor, enfriando el momento.




Actualmente sustituímos el fuego por meras imitaciones eléctricas que ninguna relación guardan con su agradable predecesor, son casi inhumanas. Pero, ah, el fuego...


El fuego puede admirarse, puede embelesarte, golpearte como un relámpago en lo más profundo de la retina, captar y secuestrar tu alma con sus resplandores de rubí.




Pero no puedes tocarlo.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Maggie, despierta

Él no había deseado esto, claro que no. No hasta tal punto.

Tan sólo había intentado colarse en el gallinero para "tomar prestada" una pequeña cantidad de maíz ricamente molido. No tenía la culpa de que su estómago rugiese desesperado de hambre hora si y hora también, tras toda una mañana revoloteando de aquí para allá, sobre las verdes zarzas del campo desde el alba.

En cuanto escuchó el ruído de unos pasos, puso alas en polvorosa, e intentó salir por el extremo más cercano, donde las paredes dejaban un hueco hasta el techo lo suficientemente grande como para que él saliese. Un par de rápidos movimientos hacia arriba y...

Algo frenó su vuelo de forma brusca y dolorosa.

¡Una red!

Se revolvió como pudo, pero su pata derecha estaba totalmente enredada en la malla demoníaca que rodeaba todo el tejado del habitáculo. Tiró con fuerza, pero pudo sentir como su tobillo estaba a punto de dislocarse violentamente y paró. Además, se había enganchado también las alas y poco más podía hacer que agitarse en el sitio.

Intento otear a su alrededor, buscando algún signo de esperanza. Mas todo lo contrario. A solo unos metros, la prometedora campiña, los albaricoques pendiendo de las ramas de sus árboles, las abejas meleras zumbando entre los dientes de león, y, al fondo, un hormiguero con sus afanosas habitantes trabajando sin cesar. Un mundo entero a su disposición, un mundo entero para probar, catar, aventurar y, en definitiva, un entero mundo para vivir.

La cruda realidad estaba mucho más cercana. Una fría tanza de derivado del petróleo, irónicamente, restos de antiguos seres vivos, le rodeaba el cuerpo, sin dejarle casi respirar. A apenas unos palmos de su posición pudo vislumbrar a otro de su especie, boca arriba, también atrapado por la mortífera malla. El gorrión suspiró. Su congénere tenía las plumas traseras embadurnadas por la profusa acumulación de sus propios excrementos, sus ojos habían sido devorados con increíble saña por los insectos carroñeros, y la parte axilar del torso comenzaba a pudrirse ponzoñosamente por la dura acción del sol, emitiendo un hedor nauseabundo. Estaba muerto, obviamente.

El gorrión intentó zafarse una vez más, presa del pánico, desesperado, pero la opresión era demasiado para sus débiles fuerzas.

Poco a poco fue agotándose más y más, el hambre hacía mella en su organismo,sin prisa pero sin pausa, así como el calor del mediodía. No quería cerrar los ojos, sabía que eso era como rendirse, mas no veía otra solución.


Pero hoy ya es suficiente, Maggie, ahora toca dormir.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Flores en el suelo.


Sumergidos bajo el agua, a muchos metros de profundidad, una persona puede insuflarle aire a otra, aumentando la resistencia pulmonar y así pudiendo sobrevivir.

En parajes helados, el calor de un cuerpo cercano es más confortable que la peligrosa hoguera y sus azuzantes llamas anaranjadas, que hacen bailar las sombras en la profunda oscuridad de la tundra. Es más cercano, puede salvar de la hipotermia y de la más atroz locura.

Quien te cubre del terrible desierto del kalahari, bajo el abrasador astro solar; quien te guía en esta vida en la que naces perdido, totalmente desorientado; quien te abraza en las noches interminables de invierno, cuando la triste lluvia puntea en las ventanas de la habitación, como si quisiese entrar a amenazarte con la eterna soledad, es un ser humano. Un jodido ser humano, una forma de vida que hace que todo tenga sentido.

Y yo que había perdido la fe en esta raza de mierda al final me trago mis palabras y todo.





viernes, 19 de agosto de 2011

Rodarán cabezas.

No acostumbro a protestar en contra de las fuerzas de la autoridad, así que esta vez no será la excepción. Exculpamos a los policías municipales por el hecho de que ellos sólo cumplen órdenes (y extendemos esto a polémicas adyacentes como las de los mossos contra esos pulgosos que ensuciaban en Cataluña).

Pero, buscando responsabilidades a esta agraviada ofensa, es menester recordar que un pub con la licencia al día, pagada, y que dos semanas antes realizó un concierto de hardcore (¡con tres grupos y hasta avanzada la madrugada!) sin problema alguno con nadie, debería tener garantizada la posibilidad de que un concierto programado con suficiente antelación se llevase a cabo. Es inadmisible esta actitud por parte del concello.
¿Quizás algún vecino con frustración ante la escasez de coito en su monótona existencia protestó y resulta que el malnacido y sinvergüenza papanatas tenía amiguitos en los altos círculos? Puede ser.
Mas Viveiro estaba en fiestas y en cada calla resonaba música, así como en la plaza mayor, en interiores y exteriores. Las melodías zumbabam por doquier... pero ahora resulta el caso de que los vecinos de la calle Teodoro de Quirós puede que tuviesen las paredes más delgadas de lo habitual, o que todos ellos sufiresen "fonofobia", porque para que solo cancelasen este evento manda cojones, eh.

Y esos habitantes de mala calaña, así como una administración local que roza la deleznabilidad más vil y lamentable, conviertieron lo que podía ser el primer concierto de HELP (con los sobresalientes Yuno) lejos de las fronteras ferrolanas en una burda pantomima de carga y descarga de aparejos musicales, así como una frustración igual de grande por parte del dueño de El Gato Pardo ante la pérdida económica.

Si es que ni en Ferrol pasan estas cosas, oiga.



lunes, 13 de junio de 2011

.

El instante transcurrido puede contabilizarse en minutos, e incluso segundos. El telón de fondo es una amalgama recosida y zurcida cuidadosamente alrededor de la suave embriagadez del alegre ambiente y la música hipnotizante, bailonga y fiestera.

Sombras alrededor, entes ajenos a la situación, como practicamente inexistentes. Cuerpos moviéndose ritmicamente, con pelucas a semajanza de matojos campestres y camisas hawaianas abrochadas hasta la mitad.

Es algo no premeditado. Es como una tormenta en pleno mes de Agosto o en el Desierto del Kalahari, como un hechizo embaucador y sin revocamiento posible. Es un hecho sobresaliente y despuntante en la banalidad de la historia que aprisiona el día a día de un banal estudiante compostelano (aliterando y tal).
Fresco como un riachuelo que cruza la frondosa floresta. Cálido cual cola cao recién sacado del microhondas a medianoche, sentando en cama y viendo alguna serie sobre las intrigas de la corte medieval en el ordenador. Es dulce como el helado de chocolate y caramelo y con un toque picante al más puro estilo del curry indio. Es corto, como la vida de una efemeróptera, pero a la vez largo, como compartir los años de una vida entera. Es bello, tanto como despertarse por la mañana y ver a la persona amada a sólo unos centímetros de distancia.

Es algo cotidiano, ocurre miles de veces en un único día en nuestro planeta, repartiéndose por todos los continentes habitados, mas cada uno es especial. único y diferenciado de la horda de los demás.
Es un símbolo, es la representación de la interioridad, cuando se tiene. Puede no tener significado alguno, puede ser distante, pero nada se le compara cuando hace gala de todo la intención y sentimiento que guarda dentro el sujeto. Más sabroso que el más suculento de los manjares, más enrriquecedor que miles de millones de billetes de verde papel, más glorioso que cualquier deidad.

Obviamente, es un beso.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Erwing Blaine (II)

La sensación que imbuye a cualquier persona que se hunda cual gris plomada en lo más profundo del océano no es precisamente agradable, y menos cuando las aguas son ferozmente turbulentas, cargadas de una violencia fuera de lo común, transmitida por un vendabal de proporciones colosales. Un panorama desalentador y, presumiblemente, mortal a todas luces.
Al menos, la sensación que Erwing Blaine tenía no era en absoluto agradable. Las fauces de carroñeras e impías bestias marinas le esperaban en el reino de lo abisal, desesperadamente hambrientas de más y más carne, que seccionarían y destrozarían su cuerpo sumido en el dulce sueño sin fin del ahogamiento, esparciendo de forma indiscriminada sus sanguinolentas entrañas por doquier.
Lo único que el capitán pirata veía entonces eran veloces remolinos de espuma, masas de elemento líquido moviéndose de forma caótica a su alrededor y, allá a lo lejos, el casco de su navío, balanceándose peligrosamente de un lado a otro, azuzado por los vientos huracanados. De esta no pasaría. Muchas veces había esquivado a la muerte y demasiadas veces había conseguido dar esquinazo a la parca.

Por el cerebro del experimentado lobo de mar pasaron, como llega a ser típico en casos similares, imágenes de su vida. Recordó la cruenta lucha contra los indígenas de una isla perdida en las indias, rodeado de la impenetrable jungla y en compañía únicamente de su tripulación, rodeados de salvajes caníbales. Evocó sus años de contramaestre, obedeciendo y ayudando en lo posible al antiguo capitán del galeón, antes del devastador ataque del leviatán. Los largos viajes a tierras desconocidas, inexploradas y alejadas de la mano de cualquier Dios existente. Recordó viejos amores, apasionados y fugaces como el relámpago que se abate sobre el desafortunado árbol solitario, aventuras y desventuras.

Y el pirata Erwing Blaine, con los pulmones a punto de reventar de la presión, negó fuertemente. Negó que una mísera tormenta pudiese acabar con él después de todo lo que había pasado, como si fuese un simple marinero cualquiera. El era el jodido capitán. Su casa, su hogar estaba a tan solo un paso de distancia, el paso que le separaba de la costa salvadora. Haciendo acopio de las exiguas fuerzas que le quedaban, tomó impulso como pudo y salió a superficie.
El oleaje era demasiado fuerte como para mantenerse a flote, pues una enorme masa de agua lo sepultó de nuevo. Mas Blaine volvió a emerger una vez más, boqueando para cojer aliento.

Nada.

Desolación.

Tan solo agua y más agua por todos lados, en su nave sus camaradas estaban demasiado atareados arriando las velas para estabilizarla que ni se habían dado cuenta de dónde estaba su capitán. ¿Pero era este el final? ¿Tan cerca de casa? ¿Tan cerca de todo lo ansiado? ¿Debía Blaine resignarse y aceptar partir al más allá como alma en pena, aceptar que esta vez no habría salida? El mar, ¡oh, el mar! había sido su vida, había sido su amor, su propio ser. Y ahora le reclamaba esa vida.

Nunca volvería a la tierra de las montañas, donde el sol se pone entre las copas de los árboles y hace frío en invierno.















Y de repente, una soga entre sus manos.

lunes, 9 de mayo de 2011

Fotógrafo de Guerra

James Natchwey, Eddie Adams, Raymond Depardon, Robert Capa...
Son tan sólo un pequeño puñado de nombres que nos han enseñado la historia mejor de lo que cualquier resabido profesor o manoseado libro de texto podrían hacerlo jamás. A través de los objetivos de sus cámaras fotográficas hemos visto lo mismo que sus ojos vislumbraron en su día.
Destrucción, agonía y realidad.
Es mirar a la muerte a los ojos. Las balas de los serbios silban a tu alrededor como vuvuzelas enfervorecidas en el conflicto kosovar, las minas de fabricación rusa estallan por doquier, pisadas por desafortunados soldados en la Guerra de Vietnam; los tanques israelíes aplastan cualquier posible reacción palestina.


Sentir en tus propias carnes el miedo más auténtico, a la propia muerte, a la desaparición, que visita de forma indiscriminada a todo aquel que se encuentre en su campo de acción; divisar a lo lejos las explosiones como si fuesen funestos fuegos de artificio de una desquiciante fiesta en honor a la destrucción más absoluta; sufrir en las trincheras el hambre y la degradación de la salud física y mental.
No es un puto videojuego, es jugarse el pellejo en la delgada frontera que separa la defunción de la continuación de la existencia. Es la posibilidad de perder un brazo, tal vez las piernas, y peor aún, la propia cabeza. Es comulgar con los soldados en un apartado búnker en medio del desierto más estepario e abandonado, correr por una ciudad en ruinas intentado que el francotirador no descubra tu posición mientras apuntas torpemente con el objetivo de tu vieja Canon a tu alrededor, buscando una instantánea que te proporcione un billete de ida al tren de la historia, de la inmortalidad.



Nos lo jugamos todo. No es ya entrar en la disyuntiva de si puede haber algo más allá del fin, pues dejar este mundo es igual de doloroso, exista otro o no.


Eso es vida, la visión de la muerte ante nuestros ojos es lo que mejor puede hacer que nos demos cuenta del verdadero valor de nuestra vida. Y por eso y mucho más el que firma aquí se ha dado cuenta de que su sino es ser fotógrafo de guerra.

sábado, 23 de abril de 2011

Mentes

El placer no está en follar.
Es igual que con las drogas. A mi no me atrae un buen culo, un par de tetas o una polla así de gorda; bueno... no es que no me atraigan, claro que me atraen ¡Me encantan! Pero no me seducen.

Me seducen las mentes, me seduce la inteligencia, me seduce una cara y un cuerpo cuando veo que hay una mente que los mueve y que vale la pena conocer.

Conocer, poseer, dominar, admirar. La mente, yo hago el amor con las mentes. Hay que follarse a las mentes.








Extraído del filme "Martín (Hache)"

jueves, 14 de abril de 2011

Hacer el amor

¿Por qué nos atrae tanto el sexo? Analizándolo desde una perpesctiva científicamente biológica, el acto en si no es más que un mero proceso de combinación de genes de distinta procedencia de dos individuos con diferencias dimorfistas, en mayor o menor medida, para alcanzar la reproducción sexual y perpetuar la especie de turno. Podría considerarse incluso como un medio de batallar y competir con la divisón celular de otros organismos, como pueden ser las amebas.

Pero en la práctica las cosas son distintas, en los más de los casos el sexo ha perdido su función reproductora. Entonces, ¿qué más hay?

Es liberación.

Es el equivalente plausible a un par de alas.

El roce de dos cuerpos entremezclando sus más personales esencias, un beso apasionado, tanto como si el mundo estuviese condenado a desaparecer al término de la acción. Una mano que acaricia suavemente la corva, subiendo lentamente tras el muslo, deleitándose con el tacto de la tersa y suave piel de la persona que acompaña hasta llegar a zonas más deliciosas. Un mechón de acastañado cabello enredado en los dedos juguetones del otro. Dos miradas que se cruzan simúltaneamente en el estallido de un éxtasis que va más allá de cualquier supernova de las galaxias conocidas y por conocer, más allá de una bomba de docenas de megatones reventando con salvaje e incontrolable furia , una explosión en la cual dos almas entran en una comunión sin igual, en una espiral infinita cargada de erotismo y salvaje desmembramiento del propio espíritu.

Es la amnesia aplicada al sufrimiento, la alegría y fuerza de la alta temperatura, el derretimiento de las tarrinas de helado y la brisa que entra por la ventana semiabierta en el tímido y áureo amanecer que prosigue a la noche gloriosa. Es un crescendo descontrolado, unos versos becquerianos cargados de sentimiento y deseo inolvidable, una vorágine inabarcable ligada a un acoplamiento mutuo.

Es despegar los pies del suelo, desaparecer del mundo por unos instantes, es la fusión de dos seres en uno, efímera, pero eternamente deseada.

martes, 15 de marzo de 2011

Londres

La banda sonora podría describirse como una curiosa y casi decadente mescolanza entre The Smiths, Hyper on Experience y los Sex Pistols. El fondo, la alargada Oxford Street, repelta de tiendas por doquier; las descarnadas y dantescas momias del Museo Británico, abrazando la muerte en un suspiro infinito; los severos y uniformados porteros de Harrods, a semejanza de guardianes de la torre del homenaje de una fortaleza perdida; el encanto oscuramente punky y drogadiccional y, en contraposición, lumínicamente mercantil de Candem Market, la corriente del Támesis, eterna caminante sin retorno entre las vidas de miles de londinenses despreocupados.
Sírvame, si es tan amable, un consumista café del Starbucks, con poco azúcar y un muffin chocolateado, mientras alimentamos con mendrugos de pan a los impresionantes cisnes de níveas plumas algodonosas que habitan en Hyde Park.
Acompáñeme por las melancólicas melodías de tendecias kafkianas y metamórficas que ambientan las exposiciones de arte moderno en el Tate, por los aullidos antediluvianos de seres más terribles de lo que sería dado imaginar en cierto museo de historia natural y por las enigmáticas progresiones armónicas de Chinatown, rodeados de olor a gengibre, pato asado y ramen.
Y cuando se tercie, camine conmigo bajo Marble Arch o en las torcidas callejuelas de Notting Hill y Portobello, junto a tres acompañantes de simpática índole.
Haga todo esto y mucho más y podrá imaginarse lo que puede llegar a ser para un despreciable y maldito ser como un servidor vagar por Londres

lunes, 21 de febrero de 2011

Erwing Blaine

Erwing Blaine no pudo evitar un suspiro de satisfacción. El galeón, empujado céleremente por el amihan de proa se acercaba a una velocidad vertiginosa a la costa, discernible ya en el brumoso horizonte del atardecer. La nave, recia y compacta, de tamaño medio, con doce cañones por banda y armada además con culebrinas y bombardas de peso, cortaba la marejada como un cuchillo atraviesa la mantequilla caliente, dejando surcos de nívea espuma tras ella. Las jarcias temblaban constantemente, con la tremenda tensión con la que sujetaban los mástiles del velero.

Desde el castillo de proa, Blaine oteó el panorama. La tripulación, cansada ya tras largas jornadas de travesía y acuciada ya por enfermedades y dolencias de todo tipo se agolpaba contra las barandillas, aún a riesgo de caer al embravecido mar, ante la visión tierra firme a sólo unas pocas leguas. Era lo que llevaban semanas esperando.
El capitán sabía lo que era esa desesperanza, esa soledad que te atenaza como las pinzas de un cangrejo ermitaño atenazan a los gobios antes de devorarlos sin la más mínima piedad. Blaine, pese a su juventud, pues rondaba apenas la treintena de primaveras, sabía de sobra lo que era pasar largas semanas en alta mar, a merced de los dioses de los elementos, rogando para que sus almas no acabasen criando algas verduzcas en las abisales profundidades del reino de Poseidón y entendía sin problemas a sus muchachos. También él había sentido taciturno la rugosa opresión de la noche, intentando concebir futilmente el sueño en el catre de paja de su camarote, con la seguridad de que millones y millones de litros del líquido elemento por excelencia le rodeaban, de forma casi amenazadora. También él había sentido esa soledad atenzante en la nuca, desesperante, como un punzón de frío hielo penetrando en la médula cervical.
Y por fin, minados en fuerzas y espíritu por el hambre y el escorbuto, sus marineros jaleaban sonoramente de pura y rimbombante alegría ante la posibilidad de zafarse de una vez, aunque sólo fuera por un momento eventual y efímero, de la temida y mortal soledad que brindaba el Océano Pacífico.

Pero Blaine frunció el ceño mientras caminaba por cubierta, zarandeado violentamente por una súbita ráfaga de viento. Pese a la cercanía de tierra, esperanzadora sin duda, las condiciones metereológicas estaban tomando todo el cáriz de una alarmante tormenta monzónica que podría desembocar en un sinúmero de desdichas para cualquier barco que intentase atracar en la playa costera.
De hecho, en tan sólo el transcurso de media hora, las nubes se habían arremolinado en el cielo, procelosamente amontonadas, esperando el momento para descargar su mayor ataque de furibunda maldad, y el ventarrón se había convertido ya en un auténtico ciclón de peligrosas y atemorizantes proporciones.
- ¡Capitan, el temporal se ha vuelto muy violento! - Advirtió a voz en grito uno de los marineros.
- Cierre la boca y trabaje. ¡Todos a sus puestos! -Gruñó Blaine.

Aquella era su tierra. Llevaba semanas, meses, esperando para llegar allí y un vendaval no iba a detenerlo.
Los tripulantes se afanaron en sujetar los cabos y arriar las velas en la medida de lo posible, mientras el palo mallor gemía angustiosamente, como aquejado de unha molesta dolencia.

El navío se inclinó en un ángulo extraño para después enderazarse a duras penas cuando una ola de varios metros le golpeó de costado.
- ¡Vamos a naufrar!
- No, siga adelante. Despliegue de nuevo la mayor y acerquémonos a la costa de una maldita vez. - Blasfemó el capitán. - Vamos a alcanzar esa playa sea como sea, perros bastardos. ¡Avante a toda vela, bellacos!

Ansiaba que sus empapadas botas pisaran algo más que duras y frías tablas de madera envejecida. Deseaba más que nunca volver a la sensación de antaño, de pasar una larga temporada en la tierra de las montañas, en donde había vivido siendo aún un niño pequeño que no levantaba dos palmos del suelo. Lo necesitaba. Y estaba decidido a llegar a la costa del modo que fuera.
Sólo un poco más, pensó Blaine, solo unos instantes y lo habrían conseguido, el barco encallaría en la playa y podrán refugiarse en las selvas cercanas. Por fin. Una lágrima de pura alegría le recorrió el rostro. ¿Era eso la felicidad que durante tanto tiempo y tan obsesionadamente había buscado sin éxito?

Eso fue lo que pensaba Erwing Blaine cuando la inesperada ola se lo llevó por delante.

viernes, 18 de febrero de 2011

Estetoscopio

Aurícula izquierda, ventrículo derecho. Bombeo contínuo y constante, latiendo al inacabable ritmo impuesto por la naturaleza en la condición humana. La sangre, coloreada como el elixir a catar por el más exquisito sommelier de morapios de gran reserva, fluye cual torrente de curso estival por las autopistas fibroblásticas que lo llevan a los rincones más recónditos del sacro reino corporal del individuo que encarnamos con tejidos musculares, sistema óseo y órganos vitales.
Una cadencia repetitiva e insistentemente reiterada de forma no voluntaria ni predecida. Y sin embargo no es inalterable. Incontables factores, tangibles o incorpóreos como un fantasma perdido en la neblinosa bruma del amanecer de un pueblo perdido en cualquier parte, pueden afectar a la velocidad cardíaca. Un efecto dromotrópico positivo que revoluciona el ritmo del miocardio, en un compás sincopado no esperado ni asimilado. La sangre fluye a mayor velocidad, las pulsaciones, con ejercicio físico intenso, por simple y llano ejemplo; aumentan de forma exponencial.
Hipertensión arterial. Arritmia derivada. No soportable.
La sintonía reduce el tempo. Los instrumentos atenúan su vorágine de virtuosismo, manipulados por un director de orquesta desconocido pero insistente, que a similitude de un titiritero, les hace rebajar la celeridad que mantenían con tanta alegría y ligereza entre un dantesco montón de órganos palpitantes, empapados de fluidos corporales. Poco a poco en un diminuendo de la propia rhapsodia de la existencia, se olvida de como latir, la sangre se empantana ponzoñosa y embarradamente en los conductos y la propia vida no recibe ya de su fuente de alimento.

Frío.

Silencio.

Paz.

Electrocardiograma totalmente plano.

¿Desfibrilador?


lunes, 7 de febrero de 2011

Vida (III)

No es que tenga por inamobible y sagrada costumbre estandarizada el tirarme en medio de un campo en pleno invierno, cuando la lluvia cala hasta los huesos y el cortante frío compostelano acucia incluso dentro del más grueso abrigo de cuero. Quizás en esas épocas el abajo firmante opta inteligentemente por la seguridad y agradable temperatura de una tranquila cafetería donde poder disfrutar de un reparador capuccino con dos sobres de azúcar, leyendo a Rivas, Auster o puede que al señor Méndez Ferrín (más que adecuados autores para una tarde oscura y carente de calor) mientras fuera caen chuzos de punta sobre los descuidados transeuntes que se afanan en cubrirse con un ajado paraguas.

Pero cuando la climatología se vuelve algo más magnánima, cuando desaparece el riesgo de un buen e imprevisto chaparrón, un servidor gusta de dejarse caer sobre el verduzco césped de un parque cualquiera a dejar pasar el tiempo. Perderlo sin más, dejarlo ir como si no importara retenerlo, como si fueran infinitos los minutos de los que goza una existencia condenada a la muerte final y desagradecida.
Pocos pequeños placeres están a la altura de ver cómo las nubes dejan extravagantes e irrepetibles e incorpóreas formas en el cielo, de ver cómo simplemente pasa la vida mientras la cabeza descansa sobre la alfombra viva vegetal, de ver cómo las vidas de la gente funcionan y siguen funcionando cuando te echas a un lado. No hay más que echar un vistazo alrededor y vislumbrar cómo se rehacen existencias, se producen discusiones (inevitablemente, me producen cierta satisfacción esas revelaciones de que la vida ajena no es perfecta, de que se asemeja por dentro a la de uno mismo) y crecen experiencias, humanos caminando a su paso, silbando "la dolce vita" o simplemente siendo.

En esto se hallaba mi persona, tumbado entre un par de ancianos robles desprovistos de hojas, uno de esos escasos días de tranquila relajación y despreocupamiento, acompañado irónicamente por el Walk of life del maestro Knopfler y los acompasados acordes de Love me two times, de los Doors, e intentando discernir si el cirro de la izquierda se asemejaba más a un hombre calvo comiendo cereales o a un caballo con expresión malvadamente perniciosa cuando vi un chico que no tendría más edad que un servidor. Era un sujeto alto y desgarbado, enfermizamente delgado, como si hubiesen cojido un personaje de estatura y peso medios y lo hubiesen estirado artificialmente con algún malévolo y dañino artefacto de tortura física y luego embutido en una larga y grisácea gabardina de aspecto bohemio. Miraba su reloj de forma continuada y casi obsesiva, como esperando algo, o a alguien quizá.
Desde mi posición, pude observar como desde el otro lado de los árboles, venía una mujerzuela menuda, ataviada con un gorro que cubría su pelo negro cual azabache y unos gruesos guantes de lana. Unas gafas de pasta, de esas que tan de moda están estos días, realzaban sus grandes ojos de avellana. Avanzaba hacia la posición del chico, pero ninguno se había dando cuenta de la presencia del otro.

Y entonces, sus miradas se cruzaron, casi por casualidad. Él sonrrió de forma afable, enterneciéndose sus afilados rasgos en el proceso. Ella corrió hacia él sin pensárselo dos veces, abrazándole con fuerza en cuanto le alcanzó.
Fue un beso digno de ver. Como si no se hubiesen visto en meses, desataron todo el amor que una persona es capaz de emitir en un único instante. Un beso que nunca debería terminar. Un beso en el cual sus labios se unieron como si jamás debieran haber estado separados. Las manos de él recorriendo la cara de su acompañante con incalculable ternura. El oscuro cabello de ella enrredándose en la solapa de la ajada gabardina del hombre que tenía delante. Cuerpos entrecruzados. Miradas perdiéndose en la infinidad de los ojos ajenos. Respiraciones entrecortadas. Latidos cada vez más fuertes, lastimando al órgano cardíaco en su golpeo contra las costillas, como queriendo liberarse de esa cárcel de hueso.
Minutos, tal vez horas a su parecer, duró el beso de la pareja reecontrada. Minutos que fueron eternidades. Eternidades en las que tocar, mirar, sentir a otra criatura más importante que uno mismo.


Habitualmente, un servidor tiende a odiar de forma casi irracional y no exenta de cierta violencia a la raza humana. Somos seres totalmente despreciables, capaces de perderle el respeto al propio sentido de la vida, de comportarnos de forma dañina, vilipendiando de deletéra y ponzoñosa manera incluso a los que, en teoría, queremos, embadurnándonos de burda misantropía, de rebajarnos al nivel de las inmundas bestias antediluvianas de las cuales provenimos. Excepto meritorias rarezas, no deberíamos obtener nada más que la inevitable y cruenta muerte que a todos nos espera, cada vez más cerca. Nada más que caer en el olvido y desaparecer para jamás regresar. Eso es lo que tenemos en nuestra agenda, queramos o no. Y la mayoría nos lo merecemos. Desde el momento en que nacemos no deberíamos siquiera llegar a existir.

Y sin embargo, a veces llego a sentir sincera y verdadera pena. Pena porque sentimientos como los que se le intuían a aquella feliz pareja lleguen a desvanecerse, impedidos y desgarrados por la muerte, la parca despiadada. Es entonces cuando uno desea fervientemente desde su fuero interior que ojalá exista un Cielo, un Valhalla, o lo que Dios quiera que sea al que ir después, en donde puedan reencontrarse cuando sus cuerpos yazcan fríos y en descomposición a un par de metros bajo el suelo del camposanto.
Porque amores como el que tuve la suerte de vislumbrar aquella invernal tarde tirado en un parque cualquiera de la neblinosa compostela no deberían desaparecer. Una de las pocas flores hermosas que nacen en la putrefacta campiña que es la existencia humana no deberían marchitarse nunca.
Sería jodidamente injusto lo contrario.

viernes, 7 de enero de 2011

Instantes

Si pudiera vivir nuevamente mi vida.

En la próxima, trataría de cometer mas errores.

No intentaría ser tan perfecto, me relajaría mas.

Sería mas tonto de lo que he sido,

de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.

Sería menos higiénico, correría mas riesgos.

Haría mas viajes, contemplaría mas atardeceres,

subiría mas montañas, nadaría mas ríos.

Iría a mas lugares donde nunca he ido,

comería mas helados y menos habas.

Tendría mas problemas reales y menos imaginarios.

Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente

cada minuto de su vida.

Claro que tuve momentos de alegría, pero si pudiese volver atrás,

trataría de tener solamente buenos momentos.

Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, solo de momentos.

No te pierdas el ahora.

Yo era uno de esos que nunca iba a ninguna parte, sin un termómetro,

una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas.

Si pudiese volver a vivir, viajaría mas liviano.

Si pudiera volver a vivir, comenzaría a andar descalzo a principios de la primavera y seguirá así hasta concluir el otoño.

Daría mas vueltas en calesita, contemplaría mas amaneceres y jugaría con niños.

Si tuviera otra vez la vida por delante.

Pero ya ven, tengo 85 años y sé que me estoy muriendo.

(Jorge Luís Borges)

domingo, 2 de enero de 2011

Año nuevo


Son sólo instantes, fugaces y efímeras inspiraciones lo que cuenta el paso de los días. Naufragios en el mar del tiempo, cual navegante de barco corsario o bucanero que, cuando su carabela se va a pique por la tormenta envía un desesperado mensaje en una botella, como ya hicieron The Police allá por el lejano 1979, con un SOS hacia el mundo, para que le encuentren en la isla desierta en la que queda confinada su alma, a dieta de ron y rojizos cangrejos de litoral.

Y así, queramos o no, llegamos al fin de un año, de otro más. Un día tras otro, hasta alcanzar la cifra de 365 giros completos de la tierra sobre si misma, unos 525600 minutos. Un considerable y a la vez rápidamente transitorio espacio temporal.

Por un día no voy a quejarme, no voy a despotricar en contra de nada ni a vilipendiar seres y acontecimientos. Quizás porque todo este tiempo ha estado compuesto única y exclusivamente por diminutos fragmentos de experiencias. Hechos. Recuerdos. Los recuerdos es lo único que nos queda una vez pasado todo, una vez terminado este lapso temporal anual. Y mucho mejor quedarse con los agradables. No significa eso que no existan algunos recuerdos malos, que siempre los hay, desesperanzadores, de esos que atenazan el alma como una tortura de garrote vil atenaza las vértebras cervicales hasta la final muerte del individuo, pero lo que es totalmente cierto, parasafreando a Jaco Van Dormael en uno de sus filmes, es que todo podría haber sido otra cosa y hubiese tenido el mismo sentido. Simplemente son hechos trascurridos de los que se puede, y debe, aprender. Además, ciertamente, los recuerdos felices superan siempre a los que no lo son. Amigos con los que es agradable poder contar y que valen la pena en demasía; una carrera a la que a veces incluso se le ve el sentido, a veces, claro; momentos épicos (sean en un concierto, un mero partido de fútbol o incluso un all the week), ... estúpidas sensiblerías en las que no entraré.

Ahora, queda en la línea del horizonte un nuevo año, un nuevo camino, una nueva isla sin explorar en el mar de la historia propia, de la vida de uno, una nueva ciudad llena de callejones en los que pasear y terrazas en las que tranquilamente tomar un chocolate con leche al honor de la propia existencia.