lunes, 27 de diciembre de 2010

Ave César

Es normalmente en estas hostiles, oscuras e invernales épocas del año cuando más echo de menos Roma. Tal vez, creo pensar, sea que el frío, la lluvia, o simplemente, el viento que susurra inquieto por las calles del pueblo induzcan a un cierto grado de indeseable y sensiblera melancolía, de morriña.

No más de una ínfima y efímera semana permanecí en las petreamente pavimentadas calles de la ciudad del césar, pero llegó a marcar a un servidor por dentro, como quien no quiere la cosa. Tal vez el que firma abajo de todo habría disfrutado ciertamente más de su visita de haberla hecho por su cuenta y no acompañado de un sinnúmero de imberbes púberes humanos en edad aún adolescente, presumiendo de hormonas, locuacidad desmesurada y, sobre todo, un desprecio y una ignorancia difíciles de creer hacia el histórico lugar en el que reposaban sus posaderas enfundadas en chándales de Adidas. Frases como “Vámonos al hotel, chavales, que estoy cansada, además el Panteón este o como se llame, no es para tanto.”, o incluso memeces del estilo de “Ni fontana ni ostias, vámonos a la Pirámide, que es la mejor discoteca de la zona” harían temblar en sus tumbas a Agripa, Nerón y Octavio Augusto juntos, e incluso teniendo en cuenta las fechorías del segundo, que de buena pieza no tenía nada.

Al margen de la panda de desconsiderados papanatas de 1º de bachillerato (exceptuando a una simpática pandilla cuya colección de American Pie hacía las delicias de las horas de insomnio), ese viaje de fin de curso fue una magnífica e inolvidable experiencia.

Un paseo por la antigua capital del Antiguo Imperio (perdóneseme la repetición del susodicho adjetivo) es algo difícil de explicar, ahora que me veo en el reto de plasmarlo con estas teclas. Aúna cierto populismo barcelonés, centralismo madrileño y, por supuesto, ese aire de historia, plagado de recuerdos pasados y olvidados, de vejez, que impregna, por ejemplo, Santiago de Compostela.

El fórum en ruinas, el titánico Coliseo, la ciudad del Vaticano, la Fontana de Trevi a medianoche Todo respira un aire que es lo más cercano que podemos sentir a la inmortalidad más absoluta. Los guardias suizos afanados en sus tareas de vigilancia y protección, un guitarrista con la habilidad del mismísimo Satriani buscando una escalera al cielo por cuatro duros en medio de la Piazza Nabona, helados de dulce chocolate y frambuesa (los había de sabores tan variados como queso de gruyere o champán), las resonantes botas de los carabinieri, cuan aptas para aplastar cráneos; la pizza de mozzarella fresca y ruccula, los vendedores ambulantes y su nula habilidad para el regateo, las terrazas de las cafeterías, bañadas por el dorado sol de abril, donde uno podía sentarse un cuarto de hora a descansar reparadoramente de la larga caminata que le había llevado a recónditos lugares. La presencia del mafioso (no se puede sustantivar de otra forma al sujeto de traje blanco, corbata morada y sombrero con motivos de zebra que se apostaba delante de un restaurante, cargado de cadenas doradas y con una expresión más que amenazante).

Debería dejar de escribir, me están entrando demasiadas ganas de regresar, melancolía en demasía.

domingo, 26 de diciembre de 2010

El Rey Lagarto

"Me gusta cualquier reacción que puedo lograr con mi música. Lo que sea que haga a la gente pensar. Me refiero a que si puedes hacer que una habitación llena de gente borracha y drogada pueda despertarse, estás haciendo algo."

Como ya se ha dicho de él antes, podría haber sido el perfecto poeta francés. De no ser, claro, porque, primeramente, no era francés (dios nos libre), y segundo, por el inconformismo y polemismo autoinducido que pobló su vida, su corta de vida, de no más de 27 primaveras (formando él parte del ilustre club del cual también tienen carnet Kurt Cobain y el maestro Hendrix, entre otros) haciendo de él un icono para el pópulo, un auténtico liberador, la voz de los oprimidos, un martillo de carne, el frontman definitivo capaz de hacer tambalear los cánones establecidos.


¿Dejar a la gente deciros lo que vais a hacer? ¿Dejar a la gente que os manejen? ¿Cuánto tiempo creéis que esto va a durar? ¿Cuánto tiempo vais a dejar que esto siga así? ¿Cuánto tiempo vais a dejar que ellos os manejen? A lo mejor amáis que os metan la cara en la mierda... Sois todos un puñado de esclavos. Puñado de esclavos. Dejando que todos os manejen. ¿Qué vais a hacer al respecto? ¿Qué vais a hacer al respecto...? ¿Qué vais a hacer?

No es que fuera el único integrante de The Doors, no olvidemos, por favor, al irrepetible Ray Manzarek a los teclados, al habilidoso guitarrista Robby Krieger y al eficiente baterista John Densmore, pero sí era la cara más reconocible, el rostro, la voz, la representación total del resto de la banda. Y qué representación. Este caballero atraía sobre si mismo de forma hipnótica y contínua la atención del público, actuando de una forma casi lasciva, regodeándose en la sexualidad que emanaba de todos sus poros, incluyendo en sus canciones gemidos más propios de una cópula, de un violento coito animal, que de un disco de rock psicodélico, cautivando por doquier con su voz de barítono, interpretando poesías que nacían de los más hondo de su alma. Su interpretación absolutamente hechizante del Back Door Man de Howlin Wolf; su momento álgido en la parte del "mojo rising", clímax del tema L.A. Woman son sólo algunos de los casos en los que el poeta y cantante de Melbourne, Florida, llegó a tocar el cielo con los dedos, llegó a ser parte de la historia, alcanzando quizás así la inmortalidad.


Pero es en The End, ésa épicamente apocalíptica composición teñida de complejo de Edipo, aderezada con un bajo sinuoso y enigmático, cuando podemos hacernos una verdadera idea de lo que era Jim Morrison en realidad.

-Father?
-Yes, son?
-I want to kill you...
-Mother?
-I want to... fuck you!!!.
El deseo y la muerte, un polimórfico contraste musical por debajo de la oscura y sobrecojedora historia que nos cuenta Morrison conforman uno de los instantes más estremecedores jamás encontrados en el plástico de un CD.


Mucho se ha dicho de Morrison, y poco que el abajo firmante, en su ignorancia y desconocimiento, pueda añadir, así que concluiré con las palabras de Ray Manzarek:

"Si existe un tipo capaz de escenificar su propia muerte creando un certificado de muerte ridículo y pagando a un doctor francés.. y poniendo un saco de ciento cincuenta libras dentro del ataúd y desaparecer a alguna parte de este planeta -África, quien sabe- ese tipo es Jim Morrison quien seria capaz de haber llevado todo esto a buen puerto."




viernes, 24 de diciembre de 2010

Navidukkah

No es que el abajo firmante disfrute en demasía de la navidad. Más bien digamos que aborrece la lamentable vorágine en espiral de consumismo primario y desmesurado que abarrota pequeñas tiendas y grandes supermercados en las fechas señaladas. Gente atareada, a semejanza de laboriosas hormigas rojas, que se afanan en elegir si el niño de la casa prefiere los Pokémon o los Digimon, de si el turrón Suchard será mejor que el Hacendado o simplemente si quedan langostinos congelados a los que llevar a casa.
Las calles por las que un servidor se pasea ostentan innumerables peluches de gordos de traje comunista (o cocacóleo, como se prefiera); diodos y bombillas de alegres y "esperanzadores" colores y adornos variados que intentan reflejar el amor, la paz y la felicidad, esas cosas tan ñoñas y tan tradicionalmente navideñas. Los transeuntes deambulan armados con bufanda, abrigosos guantes y gorros de lana con pompones, enfundados en su abrigo entre un deseo colectivo de que la nieve se aventure por una vez por estas tierras costeras.
Pues hablando coloquialmente, al menda no le hace demasiada gracia que ahora (bueno, ahora y hace ya un tiempo) las fiestas invernales por excelencia se vean reducidas a un mero intercambio de regalos entre familiares (espero), amigos (pocas veces), amantes (quien los tenga), mascotas, empleados de trabajo e individuos de distinta calaña en general. Y es que hasta ahora, lo que llevo de nochebuena se ha reducido a la preparación de langostinos, crustáceos que no me agradan lo más mínimo ni fritos ni al horno, la ingesta de turrón de jijona a modo de entrante, y a un par de regalos (bastante agradecidos y útiles, señor John Kennedy Toole). Que no es que me queje, pero poco me recuerda al verdadero sentimiento que debería inducir la navidad. Quizás más hipocresía y paripés que otra cosa. Basamos esta alegría transitoria e unos presentes (que a veces se reducen a un efectivo económico) y algo de arte culinaria.


Y sin embargo, pese a todo, que carajo y tres cuartos, estamos en la época del año en la que estamos, cenamos toda la familia juntos por una vez y supongo que, en el fondo, toda la mierda de consumismo que vivimos hace feliz a la gente, como un Matrix inocuo sin máquinas perversas y sediciosas en el que descansar cuando la realidad del duro día a día se hace demasiado pesada.
Así que creo que voy a dejar que me invada el espíritu navideño, me dejaré de Hannukahs judíos (que tampoco son tan trves, a decir verdad) y de estupideces varias de ateos, que de hecho son los que menos deberían de celebrar esto y os desearé mi más sincera felicitación de Navidad

domingo, 19 de diciembre de 2010

1st Sgt. Edward Welsh

(Sgt. pr. Welsh): -No has cambiado en absoluto, Witt. No has aprendido nada. Tú mismo te pones la soga al cuello, no hace falta provocarte. ¿Cuantas veces te has escapado? ... ¿Cuanto llevas aquí, seis años? ¿No piensas que ya es hora de espabilar y progresar un poco... si piensas hacerlo?

(Witt): - No todos somos tan listos.

(Welsh): - No, es cierto. Y es una lástima. En serio. La verdad es que no serías útil para mi compañía. Nunca serás un soldado de verdad. No en esta vida. Esta es la compañía C y yo el sargento primero. Yo la dirijo. El capitán Staros está al mando, pero yo hago que funcione... y nadie va a fastidiarme. Para mi sólo eres un problema, te mereces un consejo de guerra. Pero he hecho un trato, da gracias a tu suerte. Te envío a una unidad disciplinaria, como camillero. Te ocuparás de los heridos.

(Witt): - Se que soportaré cualquier castigo. Soy más hombre que usted.

(Welsh): - En este mundo un hombre, en si, no es nada. Y no hay más mundos, sólo éste.

(Witt): - Se equivoca, primero, yo he visto otro mundo, aunque a veces creo que solo... lo imaginé.

(Welsh): - Bueno, eso nunca lo sabremos. ...Nuestro mundo se hace pedazos más rápido de lo que podíamos imaginar y la gente en tu situación se limita a cerrar los ojos para que nada les afecte. Sólo piensan en ellos. ...Tal vez sea tu mejor amigo, y aún no lo sabes

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(Soldado): -Por muy preparado que estés, aunque estés alerta, que te maten o no es cuestión de suerte. Da igual quién seas, o lo fuerte que llegues a ser, si estás en el lugar equivocado, acaban contigo. Miro a ese chico moribundo... y no siento nada. Ya no me importa nada.

(Sgt Welsh): -Eso es la felicidad. Yo ya no siento ese... aturdimiento. No soy como vosotros... porque sabía lo que nos esperaba... o tal vez porque ya era insensible.

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(Sgt Welsh): Cuantas mentiras escupen. Cambian constantemente, uno detrás de otro. Esto es un ataúd, un ataúd móbil. Nos quieren muertos, o viviendo su mentira. Lo único que puede hacer aquí un hombre es encontrar algo que sea suyo. Crear una isla para él sólo ...Si no llego a conocerte en esta vida, déjame sentir tu presencia. Una mirada de tus ojos y mi vida será tuya.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Vida II

No podemos controlar lo que nos pasa en nuestra existencia, no podemos cambiar el devenir de los acontecimientos como individuo en si. Sí podemos, por otra parte, elegir, realizar modificaciones en el engranaje de nuestra historia para selecciónar uno u otro camino.
Y a veces el camino se vuelve difícil. En ocasiones nos encontramos con que las cosas que nos animaban a seguir adelante desaparecen, de una forma u otra. Aquello que infaliblemente nos sostenía y nos mantenía en pie ante el negativismo implícito en la propia existencia humana se desvanece de forma desgarrada. Es entonces cuando las dificultades parecen más perniciosas, cuando parece que no habrá fuerzas en nuestro interior para afrontar lo que queda por delante. Hay peligro de caer en el inmanentismo y encerrarse en uno mismo, alejarse de la exterioridad que nos rodea. Y no es bueno eso.
Pero pensemos que la vida a veces nos juega pasadas para que aprendamos, para que maduremos y, sobre todo, para que nos hagamos mejores. No es la solución a ningún problema el estancamiento en un estado de ánimo interior determinado, sino la elección, de nuevo, de un camino que nos lleve hacia delante. Ante un golpe un boxeador debe levantarse. Ante una gran extinción, la vida renace más diversa y exhuberante que nunca.
Ahora...hay que tomar un nuevo camino



"Incluso en la época de agobio es digna de respeto, pues es obra, no del hombre, sino de la humanidad, y, por lo tanto, de la naturaleza creadora, que puede ser dura, pero jamás absurda. Si es dura la época en la que vivimos, tanto más debemos amarla, empaparla de nuestro amor, hasta que logremos desplazar las pesadas masas de materia que ocultan la luz que brilla al otro lado" Louis Pauwels