jueves, 30 de septiembre de 2010

Vida


Digamos para comenzar que el ser humano medio tiene unhas 720.000 horas de vida, de las cuales "gastamos" al año más de 8000. Y es que desde que nacemos del vientre materno, desde que somos concebidos en el acto sexual, nuestra vida no es sino una continua carrera, un decenso fatalmente inevitable, hacia el fin de la misma.
Pero nuestra muerte no es sólo el aterrador sustantivo con el que le damos nombre. No es solo el denominado fin de la vida, sino que comprende el irrevocable e irreversible final del pensamiento, la eliminación de los recuerdos y, en definitiva, la supresión de la consciencia (y la conciencia).
No resulta menos que horrorizante concebir en nuestro cerebro que algún día esta actividad (el mero hecho de que yo escriba esto o que vosotros lo leais) cesará de vez, para no volver.
Y no habrá nada. Nada.
Dicen que otra vida, o al menos eso quiero creer. Mas puede que halla ingresado, sin pretenderlo, obviamente, en una caótica y temporal (o no) crisis de fe.
Pero aún en el esperanzador supuesto de que otra existencia sustituya a la que ahora nos ocupa, no sería algo tan maravilloso y consolador como se pinta. ¿Donde estaría la gente que amamos? ¿Dónde estarían nuestros libros favoritos, nuestros CD's, aquella taza del colacao de cuando teníamos edad de prescolares, la primera carta de San Valentín, los calcetines que alguien nos regaló por Navidades en nuestra juventud? ¿Donde estaría nuestro hogar? ¿Donde estaría el fruto de nuestra vida?
Todo quedaría atrás. Y tal vez, y solo tal vez, el dolor y la frustración de perderlo todo quedaría ampliamente mitigado (y con creces, me atrevería a decir) por el placer, la satisfacción de saber que continuariamos con nuestra existencia, no desapareceriamos, y podríamos refugiarnos en nuestra mente, como a lo largo de nuestra pasada vida. Magro consuelo para algunos, paraíso para otros.
Y es que queda claro que sin pensamiento, el ser humano no existe, sin alma es como un mero envoltorio vacío, una cáscara. Y es por eso que nos aterra tanto pensar que después de la oscuridad no exista un faro, que el túnel no tenga salida, que ni siquiera nos encontremos con tal túnel,de hecho.

Y durante nuestro tiempo de vida, mientras respiramos, comemos y dormimos, no dejamos de pensar en qué decisiones son las correctas y de cuales otras nos arrepentiremos ostensiblemente cuando agonicemos en un lecho, enfermos y derrotados, consumidos por el envejecimiento o las enfermedades. Siempre tenemos un abanico de posibilidades para cada elección que se nos proponga, pero escoger una de ellas reduce a cero las opciones de que hubiésemos elegido cualquier otra. Y pese a ello nos queda la espina clavada del "que hubiera pasado si..." sin que podamos evitarlo del todo. Siempre nos queda la incógnita de otro tiempo y otro espacio, de otro momento, de un cambio que no debió haber sucedido u otro que no lo hizo y si debiera haberlo hecho.

Pero todo cambia cuando tenemos a alguien a quien amamos a nuestro lado, cuando una mano sujeta la nuestra de tal manera que podemos estar convencidos de que la vida vale la pena, de que podremos irnos tranquilos cuando llegue el momento, de que no tenemos ni modo de expresar todo esto de forma convincente. La persona que nos aporta la serenidad suficiente para aceptar, la persona que nos hace olvidarnos de toda esta mierda para solamente centrarnos en ella, la que ha estado en buenos y malos momentos con nosotros. Y nuestras desgracias serán por su mano y nuestras satisfacciones tambien. El inefablemente maravilloso núcleo de nuestro mundo, de nuestra vida, será esa persona, y todo lo que he dicho antes de este párrafo podremos comérnoslo con patatas porque nos parecerá algo banalmente estúpido y lamentablemente delznable cuando estemos abrazados a esa persona.

Vivir es morir. Es ir desvaneciéndose sin poder evitarlo. Es sufrir año si y año tambien. Es recibir daños, engaños y desengaños. Es condenarse a desaparecer sin remedio alguno.





Y yo amo, y amo vivir.