domingo, 29 de agosto de 2010

Xacobeo 10




Con los oídos aún zumbando por el desfase en volumen que se habían gastado Los Suaves en su concierto gratuíto en Ferrol el día anterior, me aventuré por tierras del Apóstol para el Festival Xacobeo 10.
Lo primeiro que se debe decir es que la organización del evento intentó por todos los medios evitar tomaduras de pelo como las que habían acontecido anteriormente en el propio Monte do Gozo, sin ir más lejos en el concierto del señor Bruce Springsteen del pasado año. Pese a todo, medidas como la prohibición a introducir comida (fatal para aquellos que nos comimos un bocadillo a las seis de la tarde y salimos del recinto ocho horas después, con el estómago autofagocitándose en nuestras entrañas) y bebida (comprensible, para no arruinar el chiringuito que tenían montado dentro, con precios abusivos, como 10 euros cada litro de cerveza) estropearon un poco lo habría sido un notable alto o incluso sobresaliente para los organizadores.

Ya estaban en mitad de su show The Right Ons, con su indie rock facilón y descafeinado, a medio camino entre Franz Ferdinand y Green Day, con un batería más preocupado de echar la lengua y guiñar el ojo al público que de tocar. A su favor diré que el vocalista y guitarra rítimico de la formación, se esforzó lo más que pudo, sudando como un deportista de élite, e incluyendo un coreado salto al foso (como dios manda, todos los que tocamos en un grupo local nos hemos imaginado haciendo eso alguna vez).

A continuación tocaba Jonsi, quien fue quizás, la sorpresa del festival. Incluso un servidor se lo tomaba como un mero entrante que habría que dejar pasar para la llegada de Muse, los más esperados de la cita, pero el islandés dejó a todos con la boca abierta. Sin el apoyo de su grupo habitual, Sigur Rôs, al mando de instrumentos tan diversos como un ukelele, una marimba, o el teclado, y con su maravillosa voz de contratenor como bandera, Jón Þór Birgisson nos transportó a otro mundo, acallando las maleducadas voces que rumiaban "a ver si se va éste, cojones, que empiece Muse" con temas (idioma islandés de serie, cabe destacar) extraídos de su último álbum Go, llenos de impresionante belleza y ricos matices sonoros, como en Animal Arithmetics o Grow till tall. Experiencias como la causada por este hombre son las que hacen grandes a estos festivales. Todo el mundo abrió los ojos como platos ante esa habilidad de llegar peligrosamente al tuétano de los huesos, tan capaz de mantener una nota con su voz durante 40 segundos, sin más acompañamiento que una guitarra acústica, como de crear un inesperado estruendo que reververó en incontables ecos una vez finiquitado. Fue una descarga de sentimiento, un torrente de pura paz, salpicado de guerra, de luz y oscuridad, una cascada de gloria. Lo más memorable que los asistentes verían en mucho, mucho tiempo.





Tras el comprensible pero casi incomprendido éxito del ex-líder de Sigur Rôs, los que por decreto sería reyes de la noche, se subieron al escenario. Muse comenzó como un tiro, y Matt Bellamy, Chris Wolstenholme y Dominic Howard despacharon sin imutarse tema tras tema, desde New Born a Supermassive Black Hole. El espectáculo de luces fue apabullante, y los trallazos como Stockholm Syndrome o Plug In Baby hicieron botar a los asistentes en su totalidad. Hubo momentos más relajados como Starlight (la cual un servidor masculló entre dientes toda la noche, una vez terminado el evento), y los británicos se permitieron el lujo de terminar con dos increíbles bises como son Hysteria (quizás su himno más reconocible) y la impresionante Knights of Cydonia. Y pese al éxtasis al que llevaron a los asistentes, algo falló. No eran los temas, pues en eso Muse son unos genios en el tema de desarrollar esos estribillos válidos tanto para susurrar en una íntima habitación como para corear con los brazos en alto en un estadio. No eran las habilidades musicales del conjunto, pues Matt Bellamy ha demostrado siempre que es un excelente cantante, un superior guitarrista y un pianista superlativo, al igual que sus más que aceptables acompañantes de regimiento. No era el exceso, pues no cayeron de nuevo en pretenciosos artificios como el Ovni que sacaron en el Vicente Calderón por su paso por Madrid. ni las plataformas móviles. El error fue la actitud. Un grupo estático, soltando canciones sin descanso, sin apenas interactuación, pero lo más importante, sin verdaderas ganas. Un Wolstenholme a todas vistas frustrado, un Howard aislado al fondo, en su sección percusiva y un Bellamy mucho menos activo que de costumbre interpretaron su actuación como robotizados, como sabiendo que al público ya se lo tenían ganado de antemano. Salieron simplemente a cumplir. Lejos quedan ya los días del HAARP en Wembley, donde no necesitaban de barroquistas y grandilocuentes efectos visuales para desmarcarse de la competencia.
Es un poco decepcionante pensar en lo que pudo ser y no fue, en que pudieron hacer el concierto de nuestras vidas y no lo hicieron. Otra vez será, esperemos.






Los Pet Shop Boys son de otra pasta. Pese a que gran parte de la gente se fugó literalmente de las primeras filas tras el término de los de Matt Bellamy, no eran pocos los fans que esperaban ansiosos la salida al escenario del dúo compuesto por Neil Tennant y Chris Lowe. Parece que no pasan los años por el de North Shields, que junto a su compañero Lowe y el lujo de cuatro bailarines de increíble talento sobre una memorable escenografía de cajas blancas apiladas (verlo para comprenderlo), bombardeó a sus seguidores con sus clásicos de más renombre, como Allways on my Mind o la versión de los Village People Go West. Las lágrimas vertidas por seguidores que llevaban toda su vida esperando por los Pet Shop fueron la mismísima apoteósis del evento, el recordatorio de que la música es capaz de emocionar, de apretarte en el pecho con la misma fuerza que un amor desesperado, de entrar dentro de ti y no salir jamás. Fue el clímax de la noche, una imparable fuerza de la naturaleza, la prueba de los humanos aún no somos totalmente despreciables y somos capaces de genialidades semejantes.

Y con eso, tras ocho horas de terrible e insoportable agonía para las piernas y de sensual e irrepetible placer para la vista y el oído, el Xacobeo 10 llegó a su fin. Esperamos ansiosos el próximo.









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